miércoles, 27 de abril de 2011

Fuera del closet (publicado por El Mostrador)

Esta semana la inicié leyendo una columna que me dejó optimista http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/04/25/ateos-fuera-del-closet/. Se trataba de una exhortación que hacía su autor a ateos y agnósticos a perder el complejo de serlo; y a aprovechar las circunstancias aparentemente desfavorables que vive la Iglesia, para demostrar que la integridad moral no tiene por qué pensarse como patrimonio exclusivo de quienes profesan un credo. Y aunque sea paradójico, los beneficios que se pueden derivar del caso Karadima pueden ser extensivos también para la Iglesia; porque digámoslo claro, la publicidad de los hechos no la daña más que lo que ya la dañaba el que estuvieran ocurriendo.

Porque si ser católico- como dice Bellolio- deja de ser una buena carta de presentación, una credencial de irreprochable conducta moral, es bastante probable que se produzca al interior de la Iglesia una purificación que era necesaria. Y para una institución cuyos fines no son temporales, es una ventaja que la pertenencia a ella no sea funcional a fines que no le son propios; no es casualidad que los períodos más fecundos de la Iglesia no hayan sido aquellos en los que ella gozó de mayor poder temporal, sino justamente esos en los que fue víctima de despojos.

Y si hasta ahora ser católico era bien visto y era posible serlo a la manera propia, la falta de dividendos sociales que hoy reporta llamarse creyente tenderá a disminuir el número de los que reducen el cristianismo a la parte que más les acomoda. Ni el sacristán embobado por el cura, ni el moralista que levantaba la voz sólo para denunciar los pecados de la cama, ni el que reducía el cristianismo a una doctrina social tendrán incentivo ahora para lucrar personalmente a costa de la Iglesia.

Desprovistos de todo lo accidental, a los cristianos no les queda más remedio entonces que volver a lo esencial. Recuperar el centro será lo primero. Evitar desfiguraciones y reduccionismos, lo segundo.

El caso Karadima ayudará a entender la función del sacerdote en su sentido original como la de un intermediario y cualquier pretensión de otro tipo de parte suya será interpretada como un acto usurpatorio. La moral se comprenderá en su verdadera dimensión, como medio para un fin diferente y superior, dada por la vocación del cristiano al amor. Y los pobres serán atendidos en nombre de Cristo y no en lugar suyo. Y que sea así es bueno no solo para ateos y agnósticos, sino primera y principalmente para los creyentes.

Por otra parte, si hasta ahora hubo unos pocos que creyeron podían encontrar en el sacerdocio un refugio seguro para ocultar tendencias homosexuales, pedofílicas o megalómanas, para quienes tengan esas inclinaciones ese lugar es hoy el menos seguro, porque serán de antemano objeto de sospecha.
         
Que Karadima saque del closet a ateos y agnósticos no es problema alguno, porque con ellos saldrá también lo mejor de la Iglesia.

jueves, 21 de abril de 2011

Te mentí (publicado por El Mostrador)


Pocos días atrás fui a buscar a mi hijo Manolito al Jardín. Cuando llegué, la “tía” me contó que el crío había prometido portarse bien y no arrancarse de la sala, promesa que evidentemente olvidó pocos segundos después. El hecho es que antes de que yo pudiera ponerlo a salvo, la susodicha interpeló a Manuel en mi presencia: “Prometiste portarte bien y volviste a salir de la sala sin permiso”, le dijo. Mi hijo entonces se quedó mirándola con los ojos bien abiertos y le dijo sin mayores escrúpulos: “Te mentí”. Así de simple, así de claro.

No es que yo quiera legitimar la conducta de Manuel y mucho menos ponerla de ejemplo, pero en realidad él no mintió, solo prometió lo imposible; y si la profesora le creyó fue porque no sabe lo que es un niño de tres años o simplemente porque quiere creer que lo que dice es cierto.

Algo parecido pasa con la política y explica parte de su desprestigio: que las expectativas que genera son tan desproporcionadas a su naturaleza, que inevitablemente acaba cargando con un muerto que no tiene por qué llevar.

Es cierto que no faltan los lúcidos que comprenden de antemano que la política puede hacer de todo, menos milagros. Son aquellos que con una alta dosis de realismo se manifiestan indiferentes frente a la política y sin preferencias electorales, sobre la base del argumento genial de que “total, uno igual va a tener que seguir trabajando”. Al resto de la población, en cambio, no está demás preguntarle si no ha puesto en la política y en los políticos, unas esperanzas desmedidas.

Porque yo al menos soy de las que piensa- como la Michelle- que no da lo mismo por quién votar, y las cifras indican que tuve razón en la preferencia que marqué hace poco más de un año. Pero es un hecho que por más que el Gobierno trabaje 24 horas diarias por 7 días a la semana, eso no hará un paraíso de la vida de los ciudadanos, sino a lo más un infierno de la vida de los funcionarios públicos.

Y peor todavía: el empeño será vano si los beneficiarios de esa hiperactividad gubernamental no comprenden que para aprovechar las oportunidades que da el Gobierno, ellos deben trabajar al menos 8 horas diarias durante 5 días de la semana. Es decir, si no comprenden que no hay milagros y que efectivamente, uno “igual tiene que trabajar”.

Porque la nueva forma de gobernar resuelve la mitad de los problemas, pero la otra mitad depende de cada uno… y ni siquiera tanto porque hay varios que no tienen solución. Y aunque hubiera sido impopular insistir demasiado en esta idea durante la campaña, ahora no queda más remedio que hacerlo. Por eso yo propongo que a la nueva forma de gobernar se añada una nueva forma de ser gobernado, porque como decía un amigo del Presidente: “Lo urgente ya está hecho, en lo necesario estamos trabajando, para los milagros falta tiempo”.

El hecho es que cuando la opinión pública evalúa bien a Golborne por su sonrisa encantadora y mal a Piñera porque la suya es tutankamónica, lo que hace es pedirle a la política y a los políticos más de lo que en realidad ellos pueden y tienen que dar ¡Igual que la profesora de Manolito!

Mi tesis, del todo original y quizá por eso profundamente equivocada, es que la explicación de todo radica en que la política ha pretendido ocupar el lugar de la familia y de la religión. Y puesta a cumplir esas funciones, su fracaso es inevitable y el juicio de la ciudadanía implacable.

Porque si no fuera por el síndrome de padre ausente que tiene el electorado, no se entiende que alguien pretenda que sea el Estado el que le quite a los niños el choripán de la boca; que sea el Estado el que les ponga el cinturón de seguridad; que sea el Estado el que releve a las mamás del cuidado de sus hijos porque el proveedor natural se desentendió de su obligación, que sea el Estado ¡en fin! no el que subsidie a la familia sino el que la reemplace. Porque hay que decirlo por impopular que sea: cuando hay familia, todas estas funciones las cumple ella. Nadie niega la necesidad de normar y de fiscalizar, la última crisis económica demostró la importancia del Estado en esta materia, pero los límites a los que se está llegando parecen rayar en lo absurdo. Y entonces pienso en Manuel y me pregunto si no sería más fácil decir “Te mentí” que alimentar esa idea ridícula de la política que instaló el socialismo y cuya inviabilidad ya se deja sentir en Europa.

Pero no conforme con reemplazar a la familia, la política ha querido también transformarse en un sucedáneo de la religión; y a falta de Dios, se espera encontrar en ella la cura de todo mal (una idea típicamente de izquierda). Al Presidente se le pide entonces que sea una especie de mesías, tipo Longueira; de sus formas se pretende que tengan una elegancia litúrgica, como las de Lagos; y  de su discurso, que esté a la altura de un relato teológico, como el de MEO. Y claro, Piñera será todo lo que se quiera pero de Pastor tiene bien poco y a mi juicio, para los efectos prácticos importa poco… salvo, claro está, porque viene otra elección.

Mi conclusión es que el problema no está en Piñera, ni en el relato, ni mucho menos en la severidad de la opinión pública, sino en las expectativas desmesuradas que generó la política hace ya muchos, muchos años, y cuyos responsables no están hoy en el Gobierno.

Que las cosas se pueden mejorar es obvio, pero esto no obsta para pedirle a políticos tipo Longueira que ¡por favor! pongan las cosas en su sitio y le den su real dimensión. Porque la promesa de la política de llevar al pueblo de Dios a una tierra prometida se demostró tan susceptible de ser creída como la de mi hijo Manuel y tiene más de placebo que de panacea. Y si analistas, columnistas y opinólogos todos manifiestan la ingenuidad de una parvularia…qué queda entonces para la ciudadanía.


miércoles, 13 de abril de 2011

Piñera columnista

Si Piñera me pidiera un consejo (la ventaja de escribir es que uno puede darlos sin recibir la solicitud), le diría que dedicara 6 meses de su vida a escribir columnas de opinión. Eso le obligaría a hacer cosas que nunca ha hecho y a entender una lógica que desconoce… la de la comunicación.

Obviamente para él se trataría de un ejercicio cuaresmal, porque de un momento a otro tendría que volverse un gozador de la vida. Fumar, comer alimentos altos en colesterol y disfrutar a concho de una sobremesa son vicios que necesariamente debe tener un buen columnista y que claramente Piñera no tiene. Y es que a fin de cuentas, una columna no es más que la réplica de una buena conversación y no de una clase magistral, como cree Squella.

La Cecilia tendría al respecto un bonito desafío: ayudarle a Sebastián a entender que para comunicar es más importante tener una vida placentera que una vida sana y que la eficiencia va casi siempre en desmedro del encanto. El problema es que a Piñera le aburren las personas y las atiende en la medida en que le son funcionales, y esa carencia es grave en un columnista. Una buena columna depende tanto de la inteligencia de quien la escribe como de su perspicacia psicológica, y en esa área el Presidente tiene una tara.

Pero en el oficio de columnista no todo para Piñera sería dificultad. Él tiene algo que debe tener también el que escribe: no deja a nadie indiferente. Despertar pasiones es imprescindible para quien quiere trasmitir ideas y aunque las pasiones que produce Piñera no sean de las mejores, eso es menos malo que dejar a medio mundo impávido… como le pasaría a Frei si hiciera el mismo ejercicio.

Piñera provoca como tiene que provocar un buen columnista, el problema es que no puede (como Carlos Larraín) hacer de la provocación una vocación. Porque si uno no es capaz de sacar del limón una limonada, acaba haciendo el ridículo y el ejercicio comunicacional se transforma en un uso caprichoso de la propia libertad.
Por eso mismo, el éxito de la provocación depende en buena parte de la capacidad de pasar a la etapa que sigue en la comunicación, como también del equilibrio entre lo que se muestra y lo que se oculta. Y aunque a Piñera le cueste un poco entender esto y sea algo así como un nudista comunicacional, con un buen taparrabo la cosa se puede arreglar. Obviamente, si se digna dejarse llevar por criterios ajenos del tipo “No muestre el papelito”.

Para que una columna funcione hace también falta una cierta dosis de audacia, de lo contrario pasa que uno se deja amedrentar por llamados como el que recibí yo la semana pasada, en que se me advertía de los costos que tiene mencionar a la familia Matte en una columna. Audacia y sobre objetividad para darse cuenta, por ejemplo, de que lo que pasa en Twitter no es lo que pasa en el Chile real. Es lo que habría que decirle a Eichholz cuando se pone muy amarillo y a Piñera cuando se deshace en explicaciones por un episodio como el del helicóptero, que por último habría podido servir para encariñarse con la torpeza de Piñera.

En fin, Piñera no es precisamente un averso al riesgo y por eso su mayor peligro está en su tendencia suicida. Hace poco escribí un texto sobre Guido Girardi que mi abogado vetó porque podía haber justificado una querella, pero publicarla me habría dejado sin trabajo, de modo que quedó en mi PC. Claramente, Piñera tiene también esta tendencia autodestructiva, pero los riesgos se minimizan bastante si uno tiene un par de buenos consejeros y sobre todo si se les hace caso.

Pero escribir una buena crónica implica también estar dispuesto a perder, y eso sí que le cuesta al Presidente. La Jacquie lo sabe por experiencia propia, y si no fuera porque ella no quiso aflojar oportunamente, no habría terminado pagando y haciendo pagar tantos costos. Es lo que le pasa también al columnista cuando quiere que todo sea ganancia, cuando a costa de matices lo que dice no tiene fuerza y cuando a fuerza de decirlo todo acaba diciendo nada. Es un error que comete Piñera en sus apariciones públicas y que no podría darse el lujo de cometer en sus columnas.

Pero el mayor desafío de Piñera como columnista es el que impone el tiempo; porque captar la atención una vez no cuesta nada, el problema es hacerlo sostenidamente. Y si uno se vuelve predecible en sus columnas y deja de sorprender, acaba por cansar como cansa Carlos Peña a fuerza de repetir siempre el mismo estribillo o Fernando Villegas a costa de hacer siempre de Contreras.

Dar consejos es, en todo caso, mucho más fácil que aplicarlos. Y un país gobernado por un columnista es francamente un lugar donde yo no querría vivir.






miércoles, 6 de abril de 2011

La GCU, gente como uno (publicado por El Mostrador)

Nadie que se precie de pertenecer a la aristocracia castellano vasca se comería un “completo”. Tampoco le diría a un colega “provecho” si éste se encuentra en su hora de su “colación” y muchos menos hablaría “del” Eleodoro o “del” Carlos. Y es que la elite criolla ha sido siempre muy cuidadosa de las formas… Todo indica- sin embargo- que la fronda aristocrática está sufriendo una crisis, porque de otra forma no se explican los hechos que últimamente han “marcado el acontecer nacional”.

Sí, porque los feligreses de la parroquia del Bosque no eran precisamente pobladores, como suelen llamar los periodistas a los habitantes de barrios o comunas marginales. No, ellos eran de la elite y muy probablemente tenían estudios universitarios; y aunque los estudios no sean suficientes como para adivinar lo que ocurre entre cuatro paredes, deberían haber servido como para cuestionar ciertas actitudes que se daban fuera de ellas. ¿Cómo se explica, por ejemplo, que a esa elite no le resultara sospechoso que un sacerdote católico aceptara complaciente que se lo llamara “el Santo” o “el Santito”? ¿Cómo se entiende que no cuestionara el carácter poco evangélico de unas prédicas inclinadas a la lisonja de los feligreses: “Ustedes, que son tan buenos porque vienen a Misa”? ¿Falta de formación, de cultura, de juicio crítico?

¡Qué queda, entonces, para el resto!

Me pregunto también cómo es que otro representante de la GCU no reparara en el significado que tenía hacer un llamado al Fiscal Nacional para pedirle, “simplemente”, que un proceso se desarrollara con celeridad. Es cierto que en Chile campea la gauchada, el pituto y la paleteada, pero quienes han (o hemos) tenido una vida llena de privilegios, dentro de los cuales el primero ha sido el de la educación, una distracción así es inaceptable; porque lo que está en juego es la igualdad ante la ley. Es verdad que el respeto por las formas ¡y por las instituciones! es un límite, pero también una garantía: la garantía de que el día de mañana ni uno ni sus propios hijos estarán sujetos a la arbitrariedad del poderoso de turno. Y si esto no lo comprende la aristocracia…

¡Qué queda entonces para el resto!

Lamentablemente, el caso de la JVR tampoco ha estado exento de espectáculo de parte de la elite criolla, porque hay que decirlo: ni Carlos ni Juan Antonio ni Jovino son precisamente de clase media. Que pudieran tener visiones contrapuestas sobre la manera en que se debía enfrentar la situación de la Intendenta no obsta para que se les hubiera podido exigir un poco de orden. No se trata simplemente de ayudar al Ejecutivo con las encuestas ni de eximirlo de conflictos, sino de respetar el principio de autoridad, indispensable en cualquier democracia. Obedecer, respetar los cauces naturales de discusión, evitar la tentación de conseguir victorias parciales con una cuña televisiva ¡cuesta! Cuesta, porque la GCU está acostumbrada a mandarse sola. Cuesta, porque concederse lujos es algo que no tiene para ella mayores consecuencias. Cuesta, porque experimentar la libertad de no depender de nadie es siempre muy agradable. Cuesta, pero si ella no lo hace…

¡Qué queda entonces para el resto!   

Si la famosa aristocracia, la GCU, la elite (o como se quiera llamar a ese grupo de privilegiados) no tiene un poco más de perspectiva; si no agudiza su percepción de los fenómenos culturales; si insiste en comportarse sin pensar en lo que pasaría si su conducta se transformara en un patrón social, bueno sería entonces que se dedicara a tomar “once”.

¡Chau, cuídense!




jueves, 31 de marzo de 2011

Los Intocables (publicado por El Mostrador)

Celebro que el CNTV haya sancionado a Chilevisión por una rutina humorística que me pareció grosera, sin gracia y abiertamente ofensiva contra los homosexuales; y me avala el hecho de que en su momento lo hice notar vía Twitter, mientras probablemente muchos otros se reían. Pero no celebro el veto sobre la posibilidad de debatir el tema. Y es que aparentemente, yo habría incurrido en el mismo pecado del canal televisivo hace pocos días, cuando haciendo un sondeo para mi columna, decidí escribir en ese mismo medio, que “la homosexualidad es una enfermedad”. Porque la verdad es que no sé  desde cuándo, decir que alguien padece una enfermedad es un escarnio; como tampoco sé en qué momento fue que las verdades científicas se transformaron en dogmas de fe.
El hecho es que los sacerdotes pueden ser llamados indiscriminadamente criminales, pedófilos y abusadores; los empresarios: ladrones, calculadores y explotadores; los políticos: mentirosos, corruptos y ambiciosos. Pero los homosexuales no, porque ni con el pétalo de una rosa se les puede tocar. Es por eso que si hubiera que rebautizar a ese gremio, yo lo llamaría el de los intocables, sobre todo después de ver la reacción que genera un comentario inocente, expresado sin ningún atisbo de mofa y que, por lo demás, no dice nada de los homosexuales que constituya de por sí un vicio moral ¡Porque padecer una enfermedad no tiene nada de malo!
Admito que la palabra enfermedad se me puede cuestionar porque remite a un ámbito que desconozco, el de la medicina; y porque me obliga a dar pruebas empíricas que no tengo. Pero el que afirme lo contrario tampoco puede tenerlas. Para saber si algo es o no enfermedad o si está dentro de los límites de la normalidad, hay que hacer consideraciones que no son sólo científicas, sino también antropológicas (salvo, obvio, que la palabra enfermedad se tome en un sentido muy restrictivo como el que se usa para hablar de una gripe).

No ignoro que en 1973 la American Psiquiatric Association sacó la homosexualidad del listado de enfermedades mentales. Tampoco desconozco que las sociedades profesionales de otros países fueron haciendo lo mismo. Sin embargo, el solo hecho de que antes la hayan considerado así deja un razonable lugar a la duda y justifica una investigación desapasionada, que hoy nadie se atreve a hacer. Además, me consta también que todavía hay profesionales que disienten de esta medida y que la ciencia muere cuando deja de cuestionar sus paradigmas[1].
Estoy dispuesta, no obstante, a conceder que la homosexualidad no es una enfermedad (por la ambigüedad del término y porque me obligaría a profundizar demasiado en cuestiones filosóficas), siempre y cuando se me permita decir que se trata de una anomalía, una disfunción o como se le quiera llamar a algo que no anda bien o que no anda como debe.

Aunque en rigor, esto no es algo que diga yo, ni Dios (que por esta vez puede ser eximido de opinar), sino la Madre Naturaleza. Sí, esa pequeña diosa que se invoca cuando de hidroeléctricas se trata y cuya voz están todos prontos a oír. Ésa que es objeto de culto y que explica la consternación mundial que se produce cuando un futbolista no tiene mejor idea que hacerle un puntete a una lechuza.

Porque es la Naturaleza ¡y no la religión ni los prejuicios occidentales! la que le hace notar al ciudadano de a pie que, extrañamente, los órganos femeninos y masculinos son complementarios. Es ella la que le dice que lo normal es orientarse hacia el opuesto y no hacia el igual. No deja de ser sintomático, a propósito de esto, que Susan Sontag (una conocida lesbiana) se preguntara en su diario íntimo si ella era realmente una homosexual o simplemente una narcisista.

La que realmente discrimina por tanto ¡y de una manera brutal! es la Naturaleza; es ella la que priva a los homosexuales de una cosa tan natural como intrínseca al amor como es la posibilidad de crear o de dar vida. Es ella- y no yo- la que fija la norma. Que no se llame ecologista, entonces, el que no quiera oír su voz.

Obviamente, cuando hablo de anomalía o de disfunción tengo como referencia una idea de normalidad que no se identifica con lo mayoritario, en cuyo caso habría que decir, por ejemplo, que los colorines son anormales; por normal entiendo más bien todos esos comportamientos que llevan las cosas a su propio desarrollo. Y si puede haber desórdenes en la alimentación, puede haberlos también en la sexualidad[2] No veo qué hay de malo en plantear el debate.
Me sorprende, por otra parte, el doble estándar de la opinión pública en esta materia, porque hasta ahora no he oído a nadie rasgar vestiduras cuando sale alguno cuestionando el celibato por antinatural. Hay personas que sostienen esta tesis, hay también libros sobre la materia y no he oído a nadie vetar el derecho a hacerlo. Si la misma objeción recae sobre la homosexualidad, en cambio ¡Sálvese quien pueda!
¿Qué los homosexuales sufren injusticias y que por años han sido víctimas de toda clase de burlas? Lo sé y lo condeno ¿Qué merecen tanto respeto como cualquier ser humano? No podría pensarlo de otra manera en mi condición de católica e individuo racional ¿Que tienen derecho a vivir como quieran? Nadie se los niega ¿Que muchas de las grandes creaciones humanas han sido obra homosexuales? Qué duda cabe. 
Pero que el solo hecho de decir que la homosexualidad es una enfermedad, dé origen a comentarios como “Eres la prueba viviente de que el aborto se justifica”, “Tendrás tu castigo cuando la vida te premie con un pariente colita” o “El mundo sería un lugar feliz si no existieran personas como tú”, indican que más allá de la diferencia de opiniones, hay un grupo cuyo poder supera al de cualquier transnacional. Y hay otro grupo que, con total falta de discernimiento, le rinde pleitesía. Y de este último grupo, yo al menos no voy a formar parte.



[1] En 1972 un enmascarado de apellido Fryer dio un discurso en la
convención de psiquiatras. Lo hizo para ocultar su identidad, y por la misma razón usó un distorsionador de voz. Este dato aparece en un artículo publicado por Springer, un consorcio alemán de revistas científicas. El dato está también en Wikipedia http://en.wikipedia.org/wiki/John_E._Fryer .Antes de 1973 había habido protestas y Spitzer dijo, después, que había habido presión para desclasificarla. Si esto no es un lobby político llevado a cabo por científicos, insto a quienes piensan lo contrario a argumentar o a mostrar cuáles fueron los experimentos o evidencias científicas que demuestran lo contrario.

[2] Estudios comparados de EEUU, Holanda y Nueva Zelanda (el primero un país donde hay discriminación y los otros dos, donde no) demuestran que la prevalencia de enfermedades mentales de los homosexuales no es mayor en el país donde hay discriminación. Es decir, que la asociación entre homosexualidad y enfermedades mentales o conductas autodestructivas no se puede hacer a partir de la falta de aceptación social. Ross, M.W. (1988): Homosexuality and mental
health: a cross-cultural review. J. Homosex. 15(1/2), 131-152.). Bailey, J.M. (1999): Commentary: Homosexuality and mental illness. Arch. Gen. Psychiatry. 56, 876-880.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Tolerancia Cero (Publicado por El Mostrador)


Nadie duda del carácter de víctimas de los querellantes en el caso Karadima: ni la justicia, ni la opinión pública, ni la Iglesia; y por eso fue el mismo Vaticano el que emitió un fallo contundente en este caso, análogo al de cualquier tribunal civil. Nadie duda tampoco de que el proceder del Cardenal fue inaceptable: ni católicos, ni ateos ni el mismísimo Errázuriz; y por eso se disculpó por no haber creído el testimonio de las víctimas.

En eso todos estamos de acuerdo, pero el caso está lejos de estar cerrado porque quedan todavía cuestiones importantes que resolver.

La primera de ellas es si el Cardenal fue negligente ante las acusaciones o derechamente, un encubridor de los hechos. A mí me cuesta creer esto último, pero hay derecho a investigarlo; y aunque se tratara sólo de una omisión de deberes, no deja por eso de ser grave dado el tenor de las acusaciones. Lo paradójico es que quien le niega el beneficio de la duda llamándolo de antemano “criminal” es justamente uno que se queja de no haber sido considerado fiable al momento de dar su versión de los hechos.  

La segunda cuestión abierta, y la más preocupante, tiene que ver con la posibilidad de que Karadima no sea sólo Karadima. Se trata de una hipótesis fundada, pero como hay contenida en ella una grave acusación, las normas de prudencia al momento de expresarla tienen que ser extremas. Esta fue la precaución que Hamilton no tuvo en el programa Tolerancia Cero, y junto con decir que no tenía pruebas concretas, afirmó que en la Iglesia había muchos obispos homosexuales y abusadores. No se trata de amordazar a nadie ni de cultivar el secretismo, sino simplemente de no acusar directamente sobre la base de especulaciones; razonables, si se quiere, pero especulaciones. Fue eso, justamente, lo que Eichholz le advirtió a Hamilton durante el programa, después de que éste hubiera lanzado ya sus acusaciones.

Como se trata de una víctima, la parcialidad del médico o su ímpetu pueden ser comprensibles; pero cuando la opinión pública hace gala de la misma falta de objetividad, cuando los sacerdotes pasan a ser por definición unos abusadores; cuando un panelista es tildado de gangster porque llama a su invitado a la responsabilidad, cuando hacer cualquier matiz implica estar del lado oscuro de la fuerza… entonces la cosa es seria y preocupa porque excede el ámbito del caso concreto.

Y lo excede porque revela deficiencias serias en materia de debate y demuestra la forma que tiene la opinión pública de enfrentar los temas: o se está a favor de la víctima, o del victimario; o se es inmaculado, o perverso; o es blanco, o negro. El debate se resuelve entonces en dilemas extremos y lo que podría dar origen a una reflexión seria se transforma en una capotera hacia el que es capaz de hacer algún matiz, cosa que es lo mínimo que se le puede pedir al que oficia de analista.
           
No sé si sea por fanatismo o tontera, por falta de objetividad o abierta odiosidad, pero yo diría que, por lo menos, por tolerancia cero.



miércoles, 16 de marzo de 2011

Piñera y el pecado de ser hombre de acción ¿Frivolidad, esnobismo o mera estupidez? (Publicado por El Mostrador)


Hace poco más de un año que sigo con especial atención todas las críticas que se le hacen al Gobierno y especialmente al Presidente.

Que no ha hecho grandes reformas y que le falta prestancia es lo que dice la derecha; que su gobierno no tiene narrativa y que prima la tecnocracia, lo que reclaman intelectuales de izquierda; y los analistas, que se sobreexpone, que no comunica y que es torpe en materia política.

La personalidad de Piñera ha sido durante todo este año el blanco preferido de la crítica. En parte porque él es en esencia un improvisador cuando de administrarse a sí mismo se trata; pero también porque el debate nacional suele ser frívolo, intelectualmente esnob o simplemente estúpido.

De otra forma no se explica que durante todo el año se haya apuntado a la cosa menor, a la chambonada, como me decía ayer un amigo, mientras sólo de refilón (y como si se tratara de una cuestión menor) se hiciera referencia a uno de los rasgos más sobresalientes de Piñera: su evidente superioridad para los efectos de llevar las ideas al plano de la acción.

Esnobismo intelectual. Sí, porque el Presidente no tiene que ser necesariamente un buen narrador. Los relatos maravillosos que oímos de labios de Lagos, esos sueños republicanos y su siempre inspiradora visión de país sirven de poco si no se pueden llevar a la práctica. Fue justamente capacidad ejecutiva la que le faltó al ex Mandatario al momento de diseñar el Transantiago y falta de capacidad ejecutiva también la que mostró su sucesora cuando no pudo tomar decisiones de sentido común la madrugada del 27F.

Frivolidad, porque a fin de cuentas no estamos en Alemania, donde el tema de la eficiencia, del trabajo bien hecho o del sentido de urgencia puedan darse por descontados. Hace poco tiempo un empresario me decía que gastaba más de la mitad de su día batallando para que las personas cumplieran con los compromisos que tenían con él y el problema es que esto redunda no sólo en la productividad, sino principalmente en la vida de cada persona.

Pero el debate ha reflejado también estupidez porque nadie se ha dado cuenta  de que no es justo pedirle a Piñera que dé, lo que la sociedad de consumo no presta. La política es interesante y a mí me apasiona… pero no lo es todo y no puede suplir la falta de sueños, de ideales y de sentido de la vida que cada vez más caracteriza nuestra existencia.

Por eso, yo puedo conceder que Piñera es desprolijo cuando se trata de la gestión de su propia persona y reírme como cualquiera cuando celebra solo los 500 años de independencia o cuando percibe, solo también, un terremoto el 26 de septiembre…  también puedo conceder que su Gobierno no ha sido capaz de poner en palabras o de llevar al discurso sus propias fortalezas.

Pero de ahí a hablar de su eficiencia o del énfasis que ha puesto su Gobierno en la gestión como si se tratara de un pecado… de ahí a acá está el límite que separa la objetividad de la pura y simple tontera.