martes, 13 de marzo de 2012

Usted miente (publicado por El Mostrador)


Usted miente cuando dice que alguien se opone al aborto porque trata de imponer sus creencias religiosas. Como es obvio, no hace falta ser conservador ni cristiano para ser contrario al asesinato. Que haya un mandato divino que prohíbe matar no es razón para pensar que quienes adhieren a él son sólo los que tienen fe. Y si usted es de los que se llena la boca con la sigla DDHH, tenga a bien, por favor, incluir la vida de los no nacidos dentro de esos derechos, como una cuestión básica de consistencia, digo yo…  

Usted miente también, cuando dice en Chile las mujeres embarazadas no pueden recibir tratamientos para una enfermedad (tratamientos que pueden causar la muerte del hijo que lleva dentro). Eso existe ya hace mucho tiempo en este país, y bueno sería que si quiere debatir sobre el aborto, lo haga sobre la base de la verdad y no tratando de confundir a la opinión pública, proponiendo dilemas que en realidad no existen.

Usted miente, cuando llama terapeútico al aborto de un niño enfermo. Eso no es ningún acto de sanación, sino un procedimiento destinado a matar a un ser humano, en el cual  la madre (y principalmente los que lo practican) se atribuyen el derecho a decidir sobre qué vidas merecen ser vividas y cuáles no… al más puro estilo nazi ¿O de verdad cree usted que una sociedad puede llamarse democrática si le da a unos el derecho a decidir sobre la vida de otros?

Usted miente cuando llama agresor al fruto de la violación de una adolescente. Ese niño que ha venido al mundo en las peores condiciones que cabe imaginar, es también una víctima. Y cargar a la madre, por el resto de sus días, con la culpa de haber puesto fin a la vida de su criatura, solo aumenta la cadena del horror.

Miente también, cuando habla del embarazo como de una enfermedad. Se trata de nueve meses en los que la mujer puede hacer una vida bastante normal y después de los cuales está en condiciones de decidir, si lo estima conveniente, entregar a su hijo en adopción ¡Nueve meses!, a cambio de que una sociedad no incluya dentro de sus derechos el de matar a inocentes. ¿Que serán difíciles o traumáticos? Puede ser, pero nunca más difíciles ni traumáticos que cargar de por vida con el peso de haber matado a un hijo.

Usted miente o quizá se engaña pensando que las injusticias de la vida se pueden evitar borrando las consecuencias de ciertos actos: embarazos no deseados, frutos de un descuido o del abuso de alguien de la misma familia, resultados de una violación; hijos enfermos a los que habrá que cuidar por el resto de la vida o que no vivirán más de unas horas después de haber nacido. Tragedias humanas ante las cuales uno se pondría de rodillas…  

Usted miente y simplifica las cosas a niveles absurdos, cuando dice que el aborto es la respuesta y la solución a todo ese drama humano.

jueves, 8 de marzo de 2012

El señorito de Aysén (publicado por El Mostrador)


Poco importa si las demandas de Aysén son o no legítimas. Que haya razones estratégicas para favorecer a la población de las zonas extremas del país o que la necesidad de descentralizar sea objetiva, no justifican nada de lo ocurrido en la Región.

Porque quien pide beneficios de la sociedad  pasando a llevar normas básicas de convivencia social, pierde ipso facto (y por esa sóla causa) el derecho a ser atendido en sus demandas. La razón es simple: uno no puede situarse en la frontera exterior de la institucionalidad y pedir desde ahí derechos que solo pueden existir a su amparo.

Poco importa también si el apoyo al movimiento es o no mayoritario.  Solo una gobierno bananero resuelve sus conflictos al vaivén de la simpatía popular. Los regímenes democráticos mínimamente serios operan sobre la base de principios que trascienden la siempre circunstancial opinión de la mayoría ¡Ése es el sentido de tener una Constitución!

La legitimidad de las demandas, el apoyo ciudadano que pueda tener el movimiento, Aysén…todo importa poco.

Lo realmente importante es que la opinión pública llame ‘ciudadano’ a un movimiento cuyos mecanismos de presión son ilegales y que ya carga sobre sí con dos muertos; y que esa misma opinión pública hable de ‘represión’ cuando el Gobierno cumple el mandato constitucional de hacer respetar el orden público.

Lo que importa de verdad es que haya un funcionario público que estime oportuno ingresar a un retén de carabineros para ‘dar instrucciones’. Y que un Obispo celebre con entusiasmo la inversión del orden natural de las cosas, y se permita decir que “quien manda es  la ciudadanía”.

Por eso, no estoy hablando de Aysén, ni de lo que legítimamente esa Región pudiera pedir, estoy hablando de cómo 20 años de socialismo terminaron por hacer del ciudadano, un perfecto señorito.

miércoles, 18 de enero de 2012

Las empanadas del domingo (Publicado por El Mostrador)


La semana pasada esperaba mi turno para pagar unas empanadas en el local de la Nancy. En la fila, me antecedía uno que aparentemente debía alimentar a un regimiento: “Pago cincuenta”, le dijo a la Nancy mientras ella se quedaba mirándolo fijamente como a la espera de resolver un dilema imposible. Después de unos segundos y probablemente intuyendo ella que tenía enfrente a un genio matemático, oí que le preguntaba: “¿Cuántas docenas son cincuenta?”. “Cuatro y sobran dos”, le respondió él mientras ella no paraba de reírse y de celebrar la inteligencia de su cliente. “¡Qué inteligente es usted! ¡Qué inteligente!”.

Probablemente era la primera vez que se lo decían o simplemente fue la confirmación que necesitaba para estar seguro de que era cierto: el hecho es que el señor del regimiento sonreía complacido mientras yo (todavía a la espera de mi turno), me preguntaba qué se podía pensar de un país en el que una mujer ¡calculadora en mano! se veía superada por un problema como ése y celebraba con tal entusiasmo que alguien pudiera resolverlo.

Y es que en Chile la educación pública no da para tanto. Todos saben leer y escribir, pero no entienden lo que leen ni pueden redactar más que una lista de supermercado. Pueden sumar, restar, multiplicar y dividir, pero son incapaces de resolver problemas concretos que involucren esas operaciones. El chileno no es analfabeto, pero su educación es una herramienta inútil… lo mismo que la calculadora en manos de la Nancy.

Mientras tanto, la elite discute si se puede privar a los alumnos de una hora de historia; si los malos resultados del Simce en el aprendizaje del inglés no afectarán las proyecciones laborales de los estudiantes; si es el Estado o son los privados los que deben proveer de educación; si la segregación social no incrementa la falta de oportunidades de los más vulnerables. En fin, puras estupideces si uno entiende que se está hablando de cómo decorar una casa en ruinas.

Porque habiendo sido la educación el tema del año, nadie ha hecho hincapié en que finalmente el inglés, la historia, la música (y en general, todo lo que forme parte de la educación formal) son pisos que se construyen sobre los cimientos de esas cosas que antes se aprendían en la casa y que los ingenieros comerciales llaman, con esa vulgaridad que los caracteriza, ‘habilidades blandas’

Esas que le permitieron a la Nancy emprender un negocio con éxito y ganarse la vida a costa de trabajo y constancia. Esas mismas que hacen de sus empanadas las mejores que he comido y que pueden paliar los efectos de haber tenido a Gajardo como profesor de aritmética.

Porque si la Nancy fuera de esta generación, en vez de una fábrica de empanadas tendría su casa convertida en un puterío Y muy probablemente, habría pasado sus sesenta años reclamando indemnizaciones sociales por no saber cuántas docenas hay en cincuenta. Y en lugar de risas y aplausos, habría mirado a su cliente de reojo pensando en las oportunidades que él tuvo y a ella no se le dieron. Sería quizá una indignada, y las horas que hubiera pasado frente a la pantalla no le habrían dejado tiempo para poner las manos en la masa.

Y lo grave, lo realmente grave, yo no habría podido comer sus empanadas…

miércoles, 4 de enero de 2012

Un 23% de aprobación ¡Es mucho! (publicado por El Mostrador)


Yo estaría feliz si un 23% de los chilenos aprobara lo que hago. Incluso me sentiría muy satisfecha si ese porcentaje de respaldo lo encontrara entre mis amigos; pero ese mismo índice sería frustrante si hubiera pasado los últimos dos años de mi vida en busca permanente de popularidad. Frustrante, pero absolutamente predecible…
Porque cualquiera que superó la etapa escolar sin haber hecho de desadaptado, sabe que la aprobación popular es siempre un efecto indirecto, tanto más difícil de alcanzar cuanto más prioridad tiene en el orden de las intenciones. Porque querer que a uno lo quieran es tan natural, como natural es no querer al que va por la vida mendigando afecto, o al que busca amigos nuevos a costa de sacrificar a los que ya tenía. Y eso ¡precisamente eso! es lo que ha hecho Piñera: perder la fidelidad de los partidarios sin ganar a cambio el respeto de los adversarios.
La historia comenzó con Barrancones, cuando el Presidente demostró no entender que en un estado de derecho es mejor equivocarse al amparo de la institucionalidad que acertar al margen suyo. Lo que fue un telefonazo en el mundo del poder, se reemplazó luego por la toma en el del ciudadano.
Unos meses después, lo que comenzó como una concesión al movimiento estudiantil en el espacio público devino en debilidad- si no en cobardía- para defender la propiedad privada. En nombre del derecho a la educación se vulneraron derechos previos y fundantes, mientras el Gobierno demostraba incapacidad para mantener el orden público y, sobre todo, para defender los intereses de quienes no podían estar en la calle (muchos de ellos, estudiantes que aún no terminan el año académico).
En el plano de la ideas y cuando la satanización del lucro hizo furor, el Presidente no sólo perdió una preciosa ocasión para defender las ideas que se supone lo animan, sino que avivó el fuego prometiendo mayor fiscalización. Que el lucro no fuera ni la causa del problema ni el camino para resolverlo fue una idea que, simplemente, no fue capaz instalar.
Recientemente, lo que se prometió como un alza temporal de impuestos, se anuncia ya como un cambio definitivo. Y eso, mientras se discute una reforma tributaria que evidentemente no se explica por el deseo de los políticos de resolver todos los males de la humanidad (en cuyo caso se podría considerar la posibilidad de tocar las arcas fiscales), sino para satisfacer los deseos del pequeño resentido que cada uno lleva dentro.
Y mientras uno espera sin resultado que el Presidente que eligió diga que no es justo castigar el emprendimiento, y mucho menos pedir más cuando hay evidencia de que lo que llega al Estado se administra mal, ocurre que aparece uno de sus Ministros diciendo que el que tiene más debe dar más, como si por ley fuera posible imponer máximos morales. La agenda socialista marcando la pauta del Gobierno y, lo que es peor, impregnando su lenguaje.
En medio del caos, un Ministerio que no debería existir impulsaba medidas que fluctuaban entre el populismo (como la extensión del postnatal) y la estupidez (como la persecución penal a un twittero que, dicho sea de paso, constituye también un atentado contra la libre expresión).
En fin, la lista podría extenderse demasiado, pero sería solo para llegar a la misma conclusión. ¿23% de aprobación? No me parece poco, considerando que para los que votamos por él, su Gobierno ha sido francamente frustrante.

lunes, 2 de enero de 2012

Los buenos de siempre (publicado por El Mostrador)


La semana pasada el Partido Comunista envió condolencias a Corea del Norte por la muerte de King Yong Il, el mismo que mandó a matar a un ex jefe de finanzas del Partido Trabajador porque su política monetaria le pareció equivocada y cuya biografía cuenta que no defecaba (asumo que para minimizar la huella de carbono). Unos días antes, la Fundación Jaime Guzmán hizo algo equivalente a lo del partido Comunista al rendirle homenaje a Jaime Guzmán, el ‘ideólogo de la Dictadura’ según título honorífico concedido por la izquierda.

Y justo en medio, los buenos de siempre condenan una cosa y la otra desde una superioridad moral que merece todo mi respeto, porque esa capacidad de dejar caer juicios morales sobre todo lo que pasa por delante menos sobre sí mismo, es una habilidad que envidio.

Y es que las redes sociales han hecho costumbre discutir las cosas sobre la base de consignas y simplificarlas al punto de que diferencias evidentes parecen detalles irrelevantes. Maniatar a un hombre y ponerlo de boca en el suelo es una violación a los derechos humanos: si el que lo hizo es un ladrón que quiere desvalijar una casa o un hombre que se defiende de haber encontrado a un extraño en la suya, es algo secundario. Lo que importa es la materialidad de la acción y hacer otro tipo de consideraciones es- de acuerdo al estrito criterio moral de estos individuos- una manifestación imperdonable de relativismo moral.

Por eso, el Dictador que entregó el poder y en cuyo Gobierno se redactó una constitución democrática (más o menos perfecta, pero democrática), no se distingue para nada del Camarada que no tuvo opositores políticos porque todos ellos murieron.

Y no hay que asombrarse, porque ya es moda hacer condenas universales sin mayores precisiones. Condenas que se hacen en el teclado y a distancia, sobre cuestiones que ninguna incidencia práctica tienen sobre la propia vida, pero que sirven para ofrecer garantías absolutas sobre la probidad del que las hace. Es el patrón de conducta de los buenos de siempre, esos que se llaman defensores de los derechos humanos para distinguirse de personas como yo.

Lo paradójico es que cuando se trata del binominal o del mecanismo de reemplazo de los senadores, no hay uno sólo de estos puritanos- custodios del derecho de las personas- que condene a los que pasan a llevar la institucionalidad, el orden y la moral. En esos momentos, la relevancia de la acción pasa a ser secundaria y lo que de hecho ocurrió importa poco en comparación con el fin que supuestamente lo justifica.

Los buenos de siempre piensan en la acción humana como si ella fuera una foto. Las circunstancias que la rodean, el fin que tiene, la intención que movió al agente, son complejidades que no caben en 140 caracteres, y por eso su discurso público se reduce siempre a una toma de  posición más visceral que racional y sobre todo, ultra sentimental.

Los buenos de siempre son, por ejemplo, los que piensan en el Gobierno de Pinochet como un gran efecto sin causa; los que no tienen reparo en negarle a algunos el derecho a defensa y los que dictan sentencia contra otros mucho antes de que hayan sido sometidos a juicio.

Y no relativizo… más bien cuestiono a los absolutistas de lo relativo; a esos que pasan por alto cualquier matiz a la hora de evaluar las cosas; a los que tienen siempre la razón; a los que dicen ‘nunca más’ con los ojos en blanco mientras piden perdón por cosas que hicieron otros; a los mismos que no dudan en tachar de tonto o de malo al que no piensa como ellos.

En algún momento los buenos de siempre fueron mayoritariamente democratacristianos, pero claramente el mal es contagioso porque hoy se los puede encontrar en el Partido Socialista, en el PPD, en RN y la UDI, entre los pseudoliberales y quién sabe si con un poco de esfuerzo no se da con uno de ellos también en el Partido Comunista. Como sea, es un grupo que yo no quiero integrar.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Dos dedos de frente para entender que no es culpa del modelo (Publicado por El Mostrador)


Hace algunas semanas, un periodista cuestionaba el modelo económico porque “si no hay Sernac, si no hay FNE (los empresarios) se afilan a todo el mundo”. Entusiasta, creía haber descubierto el argumento que faltaba para demostrar lo equivocados que están quienes aún creen en él. Unos días después, el director de El País decía en una entrevista que “lo que ha pasado en Europa tiene que ver con la crisis global del capitalismo”. Y en la calle, el ciudadano promedio no se cansa de manifestar su indignación a causa de un modelo que, a su juicio, “ya no da para más”.

Y no es que quiera ser incisiva, pero me pregunto ¿Cuál sería la alternativa?

Porque dos dedos de frente bastan para entender que un sistema económico no es un camino de virtud, sino simplemente una forma de hacer que las cosas funcionen en un ámbito bastante acotado, el de la economía. Funcionalidad que no excluye la posibilidad del abuso sino que simplemente la acota. Si alguna vez hubo quien pensara lo contrario, ése no debe haber sido un capitalista sino simplemente un estúpido.

Dos dedos de frente son suficientes también para entender que el lucro, la ambición (o como se le llame al motor de la economía), no es un deseo que el capitalismo promueva de manera artificial… como tampoco un impulso que pueda desaparecer bajo un sistema distinto. Ni siquiera una sociedad como Corea del Norte que hoy llora (a tarea) a Kim Yong Il, puede exterminar por la voluntad de la ley el ánimo de hacerse dueño del producto de su trabajo. Se trata de un deseo humano inevitable ¿Bueno o malo? En principio neutro, y me pregunto si contar con él no es la mejor manera de evitar sus desbordes. Porque es el mercado el que tiende a reducir el lucro o las utilidades a cero y no la ley, como contrariamente piensan los detractores del modelo.

Con dos dedos de frente alcanza también para entender que esa sospecha de que es objeto el hombre cuando emprende, debería recaer también sobre él cuando regula. Pensar en la libertad para emprender como la causa del mal y en la regulación como camino a la salvación es tan ridículo como creer que en un área el hombre está libre de pecado y en otra no. Tan absurdo como creer que ciertas actitudes morales pueden conseguirse con ingenierías sociales.

Porque la colusión de las farmacias no hubiera sido posible si no fuera porque la regulación que existe impone tal cantidad de requisitos para tener una, que solo las grandes cadenas podían sobrevivir a ellas ¿O cree usted que es gratis tener un químico farmacéutico de planta, o una farmacia obligada a cumplir con turnos nocturnos?

Y el cartel de los pollos no se hubiera constituido si la normativa sanitaria que hay en Chile no le impidiera a usted comprar un pollo en la feria. Y hace tiempo ya que estaríamos comiendo pollos argentinos (bastantes buenos y baratos), si no fuera porque alguien decidió proteger el mercado nacional y castigar al otro para que los precios fueran equivalentes.

Ningún partidario del libre mercado es contrario a la ‘regulación’ (o a la ley), pero hoy esta palabra tiene tanto prestigio como mala fama tiene el concepto de ‘mercado’. Y ese prestigio de uno a costa del otro es el que ha permitido que pocos hayan notado que la ley y la regulación han sido- en la práctica- los grandes responsables de lo que ocurre. Porque en los hechos, la regulación ha sido el resultado de una colusión entre la gran empresa y los políticos de turno.

Con dos dedos de frente y con partidarios del modelo que no fueran al mismo tiempo más partidarios de sus propios intereses, el modelo no tendría tantos detractores…

viernes, 9 de diciembre de 2011

Las ideas de izquierda no funcionan, pero pucha que son lindas (Publicado por El Mostrador)

No hay evidencia fáctica para decir que las ideas de izquierda no funcionan. Que los intentos fallidos por llevarlas a la práctica sean incontables sólo demuestra que los errores han sido de usuario y no de método. Por eso no hay Cuba ni Venezuela; no hay Francia, Grecia, Italia y mucho menos España, que sean suficientes como para demostrarlo.

Buscar literatura que lo acredite tampoco tiene sentido. A diferencia del momio, el zurdo es un hombre de convicciones supra-racionales a las que llegó después de leer todos ¡absolutamente todos! los libros equivocados (quizá por eso lo suyo no sea la realidad, sino la utopía).

Sería fantástico- piensa- “que todo sea como está mandado y que no mande nadie”; o “que no hubiese nada urgente”; “cobrar en especies y sentirse bien tratado”; “mearse de la risa”; “poder ir distraído sin correr peligro”; “que se instalara en mi barrio el paraíso terrenal” y “encontrarse como en casa en cualquier sitio”. Sería fantástico- piensa el zurdo- mientras pasa del condicional a creerlo francamente posible.

No hay evidencia de que las ideas de izquierda no funcionen pero eso es natural porque sus verdades son religiosas. Y en comparación con sus promesas, las del Bautismo resultan bastante modestas, porque a diferencia del Sacramento, la ideología garantiza resultados. Una sociedad perfecta y un hombre bueno, un mundo mejor (solo para empezar). Todo, haciendo cambios estructurales que nada tienen de personales porque “se habla mucho de derechos humanos y poco de deberes humanos”.

¡Una eternidad sería poco para esperar a verlas hechas realidad!

Quizá porque ignoran las leyes físicas de la conducta humana (pequeño error del sistema que se resuelve con leyes y regulaciones que van al infinito), o quizá porque en el plano de la praxis no cuentan con el dato del pecado original, pero las ideas de izquierda no funcionan.

Repítalo muchas veces. Escríbalo si hace falta. 100, 1.000, 10.000 veces. Y luego, busque una mejor manera de resolver los males sociales, porque “Believe me. No ser idealista a los 20, es no tener corazón. Seguir siéndolo a los 40, es no tener cabeza”.