Estimada Karem Acapi:
Hay cosas que callé por obvias, en mi mal titulado texto, Mapuches malcriados y que quisiera explicitar sólo en consideración a ti.
Para empezar. No discuto que la llamada ‘Pacificación de la Araucanía’ fue una masacre y un acto de despojo de los mapuches. Es un hecho histórico, pero que condicionó la situación actual de tu pueblo, que en la actualidad es de alta vulnerabilidad. Y eso- creo yo- merece atención especial del Gobierno.
Hay sin embargo, algunos puntos que yo quise destacar en esa columna, aparentemente escrita en un lenguaje demasiado sutil e irónico, dada la contingencia en medio de la cual fue escrita. Haré un esfuerzo por responderte sin utilizar esos recursos.
El problema, creo yo, tiene cuatro derivadas, y me interesaría saber cuál es tu manera aproximarte a ellas:
La primera tiene que ver con la pregunta acerca de si quemar casas o fundos para causar terror es o no un acto de terrorismo. La respuesta no puede ser una respuesta dada a partir de la situación de los mapuches, debe ser una respuesta general. Porque si decimos ‘no, no es un acto de terrorismo’, el día de mañana podemos tener a un grupo de nazis quemando Sinagogas o a un pastor haciendo quemas de libros sagrados… y habrá que tratarlos como a delincuentes comunes. A mi juicio estamos hablando de terrorismo; si viene de un grupo o de otro, da igual: es terrorismo y hay que sancionarlo como tal. No se trata de niñitos castigados porque el profesor les tiene mala, ya lo decía en mi texto anterior.
Por lo mismo, y esta es la segunda derivada, me parece inaceptable que el gobierno entre en diálogo con estos violentistas. Sí, esos a los que yo llamo malcriados por los métodos que utilizan para conseguir las cosas. Me parece que ellos no merecen ser interlocutores del problema mapuche. Perdieron ese derecho por los delitos que cometieron, y cualquier señal que dé el gobierno en sentido contrario me parece equivocada. Si lo piensas así, llamarlos malcriados es suave. Lo que no entiendo es por qué la mayoría, que muy probablemente se parece más a ti que a ellos, no condena de modo más enérgico las actitudes de los comuneros que hoy están en prisión. Eso reforzaría la causa que defienden, en mi opinión.
La tercera derivada del problema tiene que ver con lo que yo llamo privilegios o trato preferente. Creo que está demás decirlo, pero por si acaso: tener privilegios no es lo mismo que tener una vida privilegiada. Creo que los mapuches han sido objeto de tratos preferentes, no que hayan tenido una vida privilegiada. Tú me dices, en tu comentario, que no es así; que se trata de los mismos derechos que tienen todos los chilenos, pero que por razones políticas se les ha añadido el apellido ‘indígena’. Pues bien, es justamente esa estrategia política la que yo condeno. No objeto que se les concedan privilegios si viene al caso (de otra forma, yo tendría que quejarme porque no puedo postular a un subsidio habitacional), objeto más bien que eso se haga en razón de la etnia a la que pertenecen. Es una sutileza, lo sé, y abundar en este asunto me llevaría demasiado tiempo. Es justamente una de las cosas que quería discutir.
Para terminar, una pregunta que yo me hago y acerca de la cual no tengo todavía una posición asumida ¿Es moral utilizar una huelga de hambre como mecanismo de presión? La respuesta también debe ser única. Válida tanto si ella se realiza en el gobierno de Piñera o en el de Fidel. En principio, puedo decirte que me parece éticamente reprobable.
En fin, es todo lo que quería decirte, y para terminar, mil disculpas si te ofendí, nada más lejos de mis intenciones. Saludos,
Tere Marinovic
domingo, 12 de septiembre de 2010
viernes, 10 de septiembre de 2010
Mapuches malcriados
“Una cucharadita por el papá…otra por la mamá…” La escena enternece, si no fuera porque el que sostiene la cuchara es Piñera y el que no quiere comer, un mapuche malcriado.
Sí, malcriado, porque se acostumbró a conseguir lo que quería de cualquier forma. Es bueno recordarlo: los mapuches en huelga son personas que han actuado al margen de la institucionalidad, por decir lo menos. Tomas ilegales y cuasi delitos de homicidio son algunos de los hechos que se les imputan. En fin, no son niñitos castigados porque el profesor les tiene mala.
No discuto su derecho a pedir que no se les aplique la justicia militar. Esto me parece razonable. Tampoco quiero estigmatizar a los mapuches en general (prefiero decirlo expresamente, antes de exponerme a todo tipo de ataques por la web). Pero esa no es razón que justifique la utilización de un mecanismo que se puede llamar, con todas las de la ley, manipulación. Sobre todo cuando ese mecanismo lo ejercen personas que han cometido delitos.
Lo extraño no es que ellos usen esas herramientas que están al margen de la ley: las han usado siempre a juzgar por la situación en que se encuentran; sino que el país entero esté de rodillas pidiéndoles que coman, cosa que yo no haría ni con mi hijo de tres, si para hacerlo el príncipe pusiera condiciones.
En fin, hay cosas que yo no entiendo, porque para mí hay sólo dos salidas: o se les obliga a comer, o simplemente se les permite ayunar. Tal como dice su abogado, es una protesta pacífica y éticamente debe ser respetada. De acuerdo, siempre y cuando después no se cargue a otros con las consecuencias del mecanismo de protesta que ellos quisieron utilizar. Pero jugar con ellos al avioncito, por ningún motivo.
Lo más insólito es que ahora los mañosos no son sólo un grupo de mapuches, sino 4 diputados de oposición. Sí, diputados, los mismos que hacen leyes. Es sabido que la conducta de los niños malcriados tiende a sentar precedente entre sus hermanos, pero uno espera que haya algunos que se comporten de modo más o menos sensato, sobre todo los que tienen obligación directa de conocer las reglas de la casa.
A veces, cuando los niños han sido mimados, pasan estas cosas. Y claro, los mapuches han sido objeto de tanto trato preferente que a algunos de ellos se desubicaron: justo los que han hecho las cosas de la manera que no debían. Sí, han tenido un trato preferente en lo que se refiere al otorgamiento de tierras, a becas de educación y hasta de consideración hacia su idioma en todos los servicios públicos.
Yo no tengo nada en contra del pueblo mapuche. Es verdad que su cultura me resulta lejana porque es un poco machista (mientras el hombre se prepara para la guerra, la mujer se lleva toda la carga del trabajo productivo). Es verdad también que son polígamos. Allá ellos con sus costumbres, pero nada justifica que se los trate con privilegios que no tenemos el resto de los chilenos.
Debo decir que hay entre los mapuches algunos que pertenecen, por razones de pobreza, de educación y de falta de oportunidades a los grupos más vulnerables de la sociedad. Y esto, evidentemente, justifica tratos excepcionales como los que tienen todos los chilenos que se encuentran en esa condición. El punto es que esa excepción debe hacerse en virtud de su vulnerabilidad no en virtud de la etnia a la que pertenecen.
Sí, malcriado, porque se acostumbró a conseguir lo que quería de cualquier forma. Es bueno recordarlo: los mapuches en huelga son personas que han actuado al margen de la institucionalidad, por decir lo menos. Tomas ilegales y cuasi delitos de homicidio son algunos de los hechos que se les imputan. En fin, no son niñitos castigados porque el profesor les tiene mala.
No discuto su derecho a pedir que no se les aplique la justicia militar. Esto me parece razonable. Tampoco quiero estigmatizar a los mapuches en general (prefiero decirlo expresamente, antes de exponerme a todo tipo de ataques por la web). Pero esa no es razón que justifique la utilización de un mecanismo que se puede llamar, con todas las de la ley, manipulación. Sobre todo cuando ese mecanismo lo ejercen personas que han cometido delitos.
Lo extraño no es que ellos usen esas herramientas que están al margen de la ley: las han usado siempre a juzgar por la situación en que se encuentran; sino que el país entero esté de rodillas pidiéndoles que coman, cosa que yo no haría ni con mi hijo de tres, si para hacerlo el príncipe pusiera condiciones.
En fin, hay cosas que yo no entiendo, porque para mí hay sólo dos salidas: o se les obliga a comer, o simplemente se les permite ayunar. Tal como dice su abogado, es una protesta pacífica y éticamente debe ser respetada. De acuerdo, siempre y cuando después no se cargue a otros con las consecuencias del mecanismo de protesta que ellos quisieron utilizar. Pero jugar con ellos al avioncito, por ningún motivo.
Lo más insólito es que ahora los mañosos no son sólo un grupo de mapuches, sino 4 diputados de oposición. Sí, diputados, los mismos que hacen leyes. Es sabido que la conducta de los niños malcriados tiende a sentar precedente entre sus hermanos, pero uno espera que haya algunos que se comporten de modo más o menos sensato, sobre todo los que tienen obligación directa de conocer las reglas de la casa.
A veces, cuando los niños han sido mimados, pasan estas cosas. Y claro, los mapuches han sido objeto de tanto trato preferente que a algunos de ellos se desubicaron: justo los que han hecho las cosas de la manera que no debían. Sí, han tenido un trato preferente en lo que se refiere al otorgamiento de tierras, a becas de educación y hasta de consideración hacia su idioma en todos los servicios públicos.
Yo no tengo nada en contra del pueblo mapuche. Es verdad que su cultura me resulta lejana porque es un poco machista (mientras el hombre se prepara para la guerra, la mujer se lleva toda la carga del trabajo productivo). Es verdad también que son polígamos. Allá ellos con sus costumbres, pero nada justifica que se los trate con privilegios que no tenemos el resto de los chilenos.
Debo decir que hay entre los mapuches algunos que pertenecen, por razones de pobreza, de educación y de falta de oportunidades a los grupos más vulnerables de la sociedad. Y esto, evidentemente, justifica tratos excepcionales como los que tienen todos los chilenos que se encuentran en esa condición. El punto es que esa excepción debe hacerse en virtud de su vulnerabilidad no en virtud de la etnia a la que pertenecen.
martes, 7 de septiembre de 2010
El glamour llegó al Sernam (publicado por El Mostrador)
La Ministra Schmidt está entre los tres Ministros mejor evaluados del Gobierno. No me extraña, es la primera mujer del Sernam que no hace gala de todos los defectos que caracterizan a la feminista rabiosa.
Para empezar, es buenamoza, lo cual debería haber sido requisito sine qua non para dirigir esa cartera. Puede que yo sea frívola, pero si vamos a tener un Ministerio de la Mujer, cosa que ya es ridícula, lo menos que se puede pedir es que quien esté a su cargo sea una mujer atractiva que represente, si no lo que somos las mujeres, al menos lo que queremos ser.
Pero eso no es todo; además de buenamoza, los modales de la Ministra son suaves, nada que ver con los de las mujeres de la campaña ‘Maltrato Cero’ del Gobierno anterior, que deben haberle dado susto hasta a sus maridos, si es que lo tenían.
En una demostración de inteligencia, su discurso sobre la mujer no viene de la trinchera opuesta a la de los hombres. Muy por el contrario, sutilmente los llama a ellos a participar más del mundo de lo doméstico. Hace poco le oía decir: “la incorporación de la mujer al trabajo no ha sido como la del hombre al hogar”. Capaz que hasta convenza a algún hombre y que la famosa igualdad de oportunidades sea un hecho. Buena forma de ganar ventaja y de zafar también.
A diferencia de sus antecesoras, la Ministra no usa palabras exóticas del tipo ‘femicidio’; palabras que, dicho sea de paso, no son convenientes para el género. Ya veo que se empieza a hablar de ‘femi-choque’ para dar cuenta de esos roces sutiles que las mujeres solemos hacerle al auto; o de ‘femi-sobregiros’ para esos errores de cálculo que cometemos a veces al usar la tarjeta de crédito. Como no tiene complejo de inferioridad, la Ministra no pretende alcanzar objetivos a costa de ninguna forma de discriminación.
A veces uno quisiera que no fuera tan delicada y que tuviera menos consideración por la sensibilidad progre, pero no estoy segura de que no sea uno de ellos.
De lo contrario no habría pedido disculpas públicas por una minuta que decía obviedades sobre la sexualidad adolescente: que convenía promover la abstinencia sexual hasta el matrimonio (sí, sólo promover, nada de lapidar al que tome un camino diferente); abstinencia que, dicho sea de paso, resuelve varios de los problemas que enfrenta hoy ese grupo etario.
Si no fuera un poco progre, tampoco se habría escandalizado tanto con la otra minuta- la del Intendente- que decía otro par de obviedades sobre lo inapropiado y chocante que resulta ser atendido por una funcionaria pública disfrazada de femme fatale.
De todos modos creo que hay razones de peso para aprobar la gestión de la Ministra. Es cierto que se le oye hablar poco del problema de la natalidad, poco también de medidas concretas de fortalecimiento de la familia, pero es comprensible: está tan entusiasmada con el trabajo de la mujer que, en una de esas, no ha captado que ahí está la causa de los dos grandes problemas.
El gran error de este Gobierno (no de la Ministra, por supuesto), es que olvida que el pueblo chileno es mucho más conservador de lo que nos hizo creer la Concertación.
Para empezar, es buenamoza, lo cual debería haber sido requisito sine qua non para dirigir esa cartera. Puede que yo sea frívola, pero si vamos a tener un Ministerio de la Mujer, cosa que ya es ridícula, lo menos que se puede pedir es que quien esté a su cargo sea una mujer atractiva que represente, si no lo que somos las mujeres, al menos lo que queremos ser.
Pero eso no es todo; además de buenamoza, los modales de la Ministra son suaves, nada que ver con los de las mujeres de la campaña ‘Maltrato Cero’ del Gobierno anterior, que deben haberle dado susto hasta a sus maridos, si es que lo tenían.
En una demostración de inteligencia, su discurso sobre la mujer no viene de la trinchera opuesta a la de los hombres. Muy por el contrario, sutilmente los llama a ellos a participar más del mundo de lo doméstico. Hace poco le oía decir: “la incorporación de la mujer al trabajo no ha sido como la del hombre al hogar”. Capaz que hasta convenza a algún hombre y que la famosa igualdad de oportunidades sea un hecho. Buena forma de ganar ventaja y de zafar también.
A diferencia de sus antecesoras, la Ministra no usa palabras exóticas del tipo ‘femicidio’; palabras que, dicho sea de paso, no son convenientes para el género. Ya veo que se empieza a hablar de ‘femi-choque’ para dar cuenta de esos roces sutiles que las mujeres solemos hacerle al auto; o de ‘femi-sobregiros’ para esos errores de cálculo que cometemos a veces al usar la tarjeta de crédito. Como no tiene complejo de inferioridad, la Ministra no pretende alcanzar objetivos a costa de ninguna forma de discriminación.
A veces uno quisiera que no fuera tan delicada y que tuviera menos consideración por la sensibilidad progre, pero no estoy segura de que no sea uno de ellos.
De lo contrario no habría pedido disculpas públicas por una minuta que decía obviedades sobre la sexualidad adolescente: que convenía promover la abstinencia sexual hasta el matrimonio (sí, sólo promover, nada de lapidar al que tome un camino diferente); abstinencia que, dicho sea de paso, resuelve varios de los problemas que enfrenta hoy ese grupo etario.
Si no fuera un poco progre, tampoco se habría escandalizado tanto con la otra minuta- la del Intendente- que decía otro par de obviedades sobre lo inapropiado y chocante que resulta ser atendido por una funcionaria pública disfrazada de femme fatale.
De todos modos creo que hay razones de peso para aprobar la gestión de la Ministra. Es cierto que se le oye hablar poco del problema de la natalidad, poco también de medidas concretas de fortalecimiento de la familia, pero es comprensible: está tan entusiasmada con el trabajo de la mujer que, en una de esas, no ha captado que ahí está la causa de los dos grandes problemas.
El gran error de este Gobierno (no de la Ministra, por supuesto), es que olvida que el pueblo chileno es mucho más conservador de lo que nos hizo creer la Concertación.
sábado, 4 de septiembre de 2010
El oprobio de ser empresario
Lo menos que se puede decir de la figura del empresario es que goza de poco prestigio social. Es obvio, cualquier crítica que se lance contra él es fácil y rentable porque toca al pequeño resentido que cada chileno lleva dentro de sí.
A mí- en cambio- el empresario me resulta simpático. No porque yo esté libre de la envidia, sino fundamentalmente por una cuestión práctica: no voy a morder la mano que me da de comer. Si emprender pasa a ser un oprobio social, capaz que en poco tiempo más muchos políticos e intelectuales nos veamos obligados a trabajar en serio, y eso yo no lo quiero para mí.
Además, el emprendedor es lo más parecido que existe a un súper héroe, porque eso de enfrentar a diario la burocracia estatal requiere de un valor y de una tenacidad que tienen pocos. Cualquiera que deba hacer una gestión simple que dependa de un servicio del Estado debe armarse de valor, porque sabe que puede ser víctima de las arbitrariedades más absurdas o, en el mejor de los casos, de la indolencia más exasperante de un empleado que no sabe bien ni para qué ni para quién trabaja. Pero el empresario debe enfrentar a este archienemigo a diario, y eso ya es suficiente para que esté en condiciones de exigir respeto de parte de sus compatriotas.
En todo caso, hay que reconocer que el empresario es un súper héroe un poco torpe, porque después de llenar de riqueza las arcas fiscales gracias a los impuestos que paga, después de dar empleo y ayudar con eso a que disminuya la pobreza y la delincuencia, acepta impertérrito que lo traten como al malo de la película.
No quiero restarle a Bachelet el crédito por eso de la ‘red de protección social’, pero ¿qué mérito se les concede a los empresarios que hacen posible, en buena parte, la existencia de esa especie de cama saltarina? Ninguno. Los dulces que caen de la piñata estatal no son como el maná, y dependen de que haya algunos que se dediquen a generar empleo y riqueza; y eso, lamento decirlo, es lo que hace el empresario.
Que hay empresarios explotadores y ladrones, puede ser; pero no veo de dónde sale la idea de que ellos tienen el monopolio de la maldad. Esto es tan absurdo que sólo puede tener su origen en alguno que no se conoce mucho a sí mismo. Es verdad que el afán de lucro puede a veces ser desmedido, como desmedido puede ser también el afán de poder o de reconocimiento social. En fin, no sé qué gremio puede considerarse libre de toda culpa.
Por eso, el único gran defecto que tiene la clase empresarial, y que lo tiene en exclusiva, es que no se preocupa de cuidar su imagen. Está tan acostumbrada a depender de su esfuerzo y no de su popularidad que no toma cartas en el asunto.
Poco importaría, si el desprestigio de ciertas actividades no tuviera costos sociales, pero los tiene. Nadie quiere ser profesor, ni nana, ni mamá que cuida a sus hijos; y no por falta de incentivos económicos, sino fundamentalmente porque en la escala social esas funciones ocupan los últimos lugares. Sería terrible si pasara lo mismo con los empresarios.
Gobierno y medios de comunicación no pueden dejar de considerar su responsabilidad en lo que se refiere a la instalación de ciertas ideas, que por lo demás son socialmente convenientes. Sobre todo teniendo a la vista que la mayor parte de los éxitos de la Concertación tiene que ver con esto, y no precisamente con la aplicación eficiente de políticas públicas.
De lo contrario, acabaré por pensar que un amigo mío tiene razón, cuando dice que la Derecha no tiene pensamiento.
A mí- en cambio- el empresario me resulta simpático. No porque yo esté libre de la envidia, sino fundamentalmente por una cuestión práctica: no voy a morder la mano que me da de comer. Si emprender pasa a ser un oprobio social, capaz que en poco tiempo más muchos políticos e intelectuales nos veamos obligados a trabajar en serio, y eso yo no lo quiero para mí.
Además, el emprendedor es lo más parecido que existe a un súper héroe, porque eso de enfrentar a diario la burocracia estatal requiere de un valor y de una tenacidad que tienen pocos. Cualquiera que deba hacer una gestión simple que dependa de un servicio del Estado debe armarse de valor, porque sabe que puede ser víctima de las arbitrariedades más absurdas o, en el mejor de los casos, de la indolencia más exasperante de un empleado que no sabe bien ni para qué ni para quién trabaja. Pero el empresario debe enfrentar a este archienemigo a diario, y eso ya es suficiente para que esté en condiciones de exigir respeto de parte de sus compatriotas.
En todo caso, hay que reconocer que el empresario es un súper héroe un poco torpe, porque después de llenar de riqueza las arcas fiscales gracias a los impuestos que paga, después de dar empleo y ayudar con eso a que disminuya la pobreza y la delincuencia, acepta impertérrito que lo traten como al malo de la película.
No quiero restarle a Bachelet el crédito por eso de la ‘red de protección social’, pero ¿qué mérito se les concede a los empresarios que hacen posible, en buena parte, la existencia de esa especie de cama saltarina? Ninguno. Los dulces que caen de la piñata estatal no son como el maná, y dependen de que haya algunos que se dediquen a generar empleo y riqueza; y eso, lamento decirlo, es lo que hace el empresario.
Que hay empresarios explotadores y ladrones, puede ser; pero no veo de dónde sale la idea de que ellos tienen el monopolio de la maldad. Esto es tan absurdo que sólo puede tener su origen en alguno que no se conoce mucho a sí mismo. Es verdad que el afán de lucro puede a veces ser desmedido, como desmedido puede ser también el afán de poder o de reconocimiento social. En fin, no sé qué gremio puede considerarse libre de toda culpa.
Por eso, el único gran defecto que tiene la clase empresarial, y que lo tiene en exclusiva, es que no se preocupa de cuidar su imagen. Está tan acostumbrada a depender de su esfuerzo y no de su popularidad que no toma cartas en el asunto.
Poco importaría, si el desprestigio de ciertas actividades no tuviera costos sociales, pero los tiene. Nadie quiere ser profesor, ni nana, ni mamá que cuida a sus hijos; y no por falta de incentivos económicos, sino fundamentalmente porque en la escala social esas funciones ocupan los últimos lugares. Sería terrible si pasara lo mismo con los empresarios.
Gobierno y medios de comunicación no pueden dejar de considerar su responsabilidad en lo que se refiere a la instalación de ciertas ideas, que por lo demás son socialmente convenientes. Sobre todo teniendo a la vista que la mayor parte de los éxitos de la Concertación tiene que ver con esto, y no precisamente con la aplicación eficiente de políticas públicas.
De lo contrario, acabaré por pensar que un amigo mío tiene razón, cuando dice que la Derecha no tiene pensamiento.
viernes, 27 de agosto de 2010
Spike, el indio pícaro y la gran ilusión (publicado Revista Qué Pasa)
Me gusta el humor del absurdo, y si no fuera porque no es broma, me causaría risa que ‘Spike’ (el rostro de la campaña publicitaria de Lipigas) lleve la delantera en la votación que determinará lo que debe contener la Cápsula del Bicentenario de la Alcaldía de Santiago.
El asunto es anecdótico, pero puede ser útil para mostrar a los absurdos que se puede llegar cuando la elección popular se transforma en el mecanismo estrella para decidir todo tipo de cosas (Es un dato que también puede interesarle al Ministro Lavín, porque si lo que tenemos es falta de materia gris, no tiene mucho sentido preocuparse tanto de la calidad de la educación).
La cosa es que ni Spike ni el indio pícaro tienen nada que temer. El alcalde Zalaquett ha dicho que respetará los resultados de la votación; mal que mal, lo que está en juego es un deber sagrado.
Puede que yo me lo esté tomando demasiado en serio. Estamos por comenzar con los festejos del Bicentenario, y en una de esas éste ha sido un adelanto de los espectáculos circenses que tendremos en Septiembre. Además, venimos saliendo de un período eleccionario y con tanto candidato mendigando votos y aprobación, es imposible no creerse el cuento de que uno es importante y que puede opinar y decidir lo que sea.
Es que la democracia tiende a generar una dulce ilusión: la de que todos somos iguales. Y su conclusión práctica más directa es que no hay nada que justifique que lo que yo piense, decida o haga merezca menos consideración que lo que piensa, decida o haga cualquier otro.
Es una ilusión, y por eso creemos en ella sólo por momentos; por ejemplo, cuando en alguna comparación llevamos todas las de perder (es lo que me pasa cuando mi marido me dice que soy tan linda como la Bolocco). El resto del tiempo nos aferramos a la realidad más evidente: somos francamente muy superiores al resto.
El problema de esta idea que flota en el ambiente es que impide echar pié atrás cuando se ha cometido la torpeza de someter a votación algo que debía definirse de otra forma. Porque hay sensibilidades de por medio: la de Spike, la del indio y para más remate, la de los votantes. Que Spike y el indio pícaro se vayan a pique no es tan grave, pero quién sabe cuántas otras cosas se vayan a determinar de esta manera.
Lo terrible es que hay algunos que se empeñan ¡y en serio! por hacer realidad la ilusión de la igualdad. Y es terrible porque si de nivelar se trata, el movimiento es siempre descendente. La única estrategia posible, entonces, para conseguir la nivelación es aboliendo cualquier asomo de excelencia (nada como el Estado para conseguirlo). Por eso, uno puede perdonar que alguien recurra a la idea de que somos iguales cuando ve amenazada su autoestima, pero más que eso…
Yo cortaría por lo sano y enterraría a Spike, al indio pícaro y a varios más de los candidatos, pero no en la cápsula sino en algún lugar que asegure su descomposición.
Aunque a decir verdad, puede que sirva de advertencia a las futuras generaciones.
El asunto es anecdótico, pero puede ser útil para mostrar a los absurdos que se puede llegar cuando la elección popular se transforma en el mecanismo estrella para decidir todo tipo de cosas (Es un dato que también puede interesarle al Ministro Lavín, porque si lo que tenemos es falta de materia gris, no tiene mucho sentido preocuparse tanto de la calidad de la educación).
La cosa es que ni Spike ni el indio pícaro tienen nada que temer. El alcalde Zalaquett ha dicho que respetará los resultados de la votación; mal que mal, lo que está en juego es un deber sagrado.
Puede que yo me lo esté tomando demasiado en serio. Estamos por comenzar con los festejos del Bicentenario, y en una de esas éste ha sido un adelanto de los espectáculos circenses que tendremos en Septiembre. Además, venimos saliendo de un período eleccionario y con tanto candidato mendigando votos y aprobación, es imposible no creerse el cuento de que uno es importante y que puede opinar y decidir lo que sea.
Es que la democracia tiende a generar una dulce ilusión: la de que todos somos iguales. Y su conclusión práctica más directa es que no hay nada que justifique que lo que yo piense, decida o haga merezca menos consideración que lo que piensa, decida o haga cualquier otro.
Es una ilusión, y por eso creemos en ella sólo por momentos; por ejemplo, cuando en alguna comparación llevamos todas las de perder (es lo que me pasa cuando mi marido me dice que soy tan linda como la Bolocco). El resto del tiempo nos aferramos a la realidad más evidente: somos francamente muy superiores al resto.
El problema de esta idea que flota en el ambiente es que impide echar pié atrás cuando se ha cometido la torpeza de someter a votación algo que debía definirse de otra forma. Porque hay sensibilidades de por medio: la de Spike, la del indio y para más remate, la de los votantes. Que Spike y el indio pícaro se vayan a pique no es tan grave, pero quién sabe cuántas otras cosas se vayan a determinar de esta manera.
Lo terrible es que hay algunos que se empeñan ¡y en serio! por hacer realidad la ilusión de la igualdad. Y es terrible porque si de nivelar se trata, el movimiento es siempre descendente. La única estrategia posible, entonces, para conseguir la nivelación es aboliendo cualquier asomo de excelencia (nada como el Estado para conseguirlo). Por eso, uno puede perdonar que alguien recurra a la idea de que somos iguales cuando ve amenazada su autoestima, pero más que eso…
Yo cortaría por lo sano y enterraría a Spike, al indio pícaro y a varios más de los candidatos, pero no en la cápsula sino en algún lugar que asegure su descomposición.
Aunque a decir verdad, puede que sirva de advertencia a las futuras generaciones.
domingo, 22 de agosto de 2010
El loco no es Bielsa ¡es Piñera!
El empresario- el que era dueño de Chilevisión y de Lan- acaba de dar muestras de locura. Puede que sea seco para los números, pero si hay algo que no hizo con los mineros atrapados fueron cálculos, ni económicos ni políticos.
El rescate ha costado millones de dólares y hasta el domingo pasado, los mineros podían estar sepultados, si no por el primer derrumbe, al menos por el segundo. Que la piedra famosa no llegó abajo, se supo sólo cuando la sonda dio en el blanco. Antes de eso, pura incertidumbre y altas probabilidades de hacer de chivo expiatorio.
El empresario es un loco que sabe de números, pero no es un ingeniero, quizá por eso pudo ver por encima de ellos. Puede que también sepa de historia y que recordara- antes de emprender la gesta- que los mayores logros de la Patria se han dado en contextos como éste.
Es un loco, promete hacer todo lo que pueda, pero acto seguido dice que no todo depende de él, y se pone en manos de Dios, como si el Estado no pudiera reemplazarlo.
Para peor, pone a cargo del rescate a un gerente general (sí, el de Cencosud) que sabrá de estrategias comerciales, pero no de tragedias mineras. Es obvio que Laurence desconoce por completo lo que se hace en estos casos: por eso dice la verdad, aunque sea una que nadie quiere oír. Por eso mismo llora, cuando los asesores comunicacionales le dicen que no es el momento oportuno. Por eso también desperdicia energías y se pasea, de carpa en carpa, consolando a las familias cuando las luces de las cámaras están apagadas. No sería nada, si no fuera porque además pierde la oportunidad de apropiarse del crédito y lo comparte con todo su equipo, cuando las cosas salen bien.
Para encargarse de la cosa técnica, el Presidente llama a un ingeniero competente, ese que tiene nombre de pije y que probablemente pasó la mayor parte de sus años universitarios estudiando para que la sonda llegara a puerto; debería haberse preocupado de los demás un poco antes y no recién ahora. Quizá por eso sabe hacer su trabajo, porque no estuvo en tomas universitarias ni en grandes debates ideológicos, pero por culpa de eso es un poco tímido y no tiene la soltura frente a las cámaras que uno esperaría de un hombre del confianza del Presidente.
Para coronarla, lo ayudan trabajadores y rescatistas, esos que son sus enemigos, los mismos que han sido víctima de su afán desmedido de lucro. Esos a los que seguramente llama- en la intimidad de su hogar- unos ‘sacadores de vuelta’ y que sólo piensan en la paga diaria. Esos que querían trabajar las 24 horas, y que hubo que obligarlos a parar. Los mismos que al momento de las buenas noticias, lloran y elevan una letanía: ‘gracias huevón, gracias huevón, gracias huevón’. No ha habido antagonismo ni lucha de clases, el empresario quiere romper los esquemas.
Es un loco. Todo esto debería haberlo resuelto el Estado, el Congreso o, en el mejor de los casos, la Teletón y la farándula. Pero no, se le ocurre convocar al sector privado, ése que concentra la riqueza, el poder y toda la maldad humana que sea posible de imaginar. Los buenos, los especialistas en hacer ‘gestos’, no fueron útiles para la ocasión.
El rescate ha costado millones de dólares y hasta el domingo pasado, los mineros podían estar sepultados, si no por el primer derrumbe, al menos por el segundo. Que la piedra famosa no llegó abajo, se supo sólo cuando la sonda dio en el blanco. Antes de eso, pura incertidumbre y altas probabilidades de hacer de chivo expiatorio.
El empresario es un loco que sabe de números, pero no es un ingeniero, quizá por eso pudo ver por encima de ellos. Puede que también sepa de historia y que recordara- antes de emprender la gesta- que los mayores logros de la Patria se han dado en contextos como éste.
Es un loco, promete hacer todo lo que pueda, pero acto seguido dice que no todo depende de él, y se pone en manos de Dios, como si el Estado no pudiera reemplazarlo.
Para peor, pone a cargo del rescate a un gerente general (sí, el de Cencosud) que sabrá de estrategias comerciales, pero no de tragedias mineras. Es obvio que Laurence desconoce por completo lo que se hace en estos casos: por eso dice la verdad, aunque sea una que nadie quiere oír. Por eso mismo llora, cuando los asesores comunicacionales le dicen que no es el momento oportuno. Por eso también desperdicia energías y se pasea, de carpa en carpa, consolando a las familias cuando las luces de las cámaras están apagadas. No sería nada, si no fuera porque además pierde la oportunidad de apropiarse del crédito y lo comparte con todo su equipo, cuando las cosas salen bien.
Para encargarse de la cosa técnica, el Presidente llama a un ingeniero competente, ese que tiene nombre de pije y que probablemente pasó la mayor parte de sus años universitarios estudiando para que la sonda llegara a puerto; debería haberse preocupado de los demás un poco antes y no recién ahora. Quizá por eso sabe hacer su trabajo, porque no estuvo en tomas universitarias ni en grandes debates ideológicos, pero por culpa de eso es un poco tímido y no tiene la soltura frente a las cámaras que uno esperaría de un hombre del confianza del Presidente.
Para coronarla, lo ayudan trabajadores y rescatistas, esos que son sus enemigos, los mismos que han sido víctima de su afán desmedido de lucro. Esos a los que seguramente llama- en la intimidad de su hogar- unos ‘sacadores de vuelta’ y que sólo piensan en la paga diaria. Esos que querían trabajar las 24 horas, y que hubo que obligarlos a parar. Los mismos que al momento de las buenas noticias, lloran y elevan una letanía: ‘gracias huevón, gracias huevón, gracias huevón’. No ha habido antagonismo ni lucha de clases, el empresario quiere romper los esquemas.
Es un loco. Todo esto debería haberlo resuelto el Estado, el Congreso o, en el mejor de los casos, la Teletón y la farándula. Pero no, se le ocurre convocar al sector privado, ése que concentra la riqueza, el poder y toda la maldad humana que sea posible de imaginar. Los buenos, los especialistas en hacer ‘gestos’, no fueron útiles para la ocasión.
domingo, 8 de agosto de 2010
Trabajar o cuidar a los hijos
Hay mujeres choras, pero la Ministra del Sernam se pasó. Porque yo nunca me hubiera atrevido a plantear el dilema entre ‘trabajar o cuidar a los hijos’ como una encrucijada dolorosa e injusta que pudiera resolver alguna política pública.
No puedo negar que a veces he pensado: ‘Qué desperdicio, yo cambiando pañales cuando podría estar de candidata al Nobel, o por lo menos al Premio Nacional de Humanidades’; pero llegaba siempre a la misma conclusión: es el costo de ser un animal sofisticado, porque mientras mi perra deja a sus críos enrielados a los pocos meses de haber nacido, yo llevo años de años sin conseguir que ninguno de los míos supere el nivel del subdesarrollo.
Quizá con esto de la era digital este gobierno consiga lo que yo- con mi materialismo simplón- veo como imposible: trabajar y cuidar a los hijos, ser y no ser, estar sin estar. Mala cosa esto de que mi edad fértil haya coincidido con los gobiernos de la Concertación, porque otro gallo habría cantado si la Ministra hubiera tomado antes las riendas del asunto. Capaz que ahora con mis 8 hijos sería Vocera o Intendenta.
Sí, porque hasta hoy la encrucijada no tenía salida para mi; o cuidaba a mis hijos (con el costo de perderme todos los premios a que hacía mención); o delegaba ese cuidado en alguien que no fuera yo; pero la Ministra no propone esto- que es una obviedad- sino algo mucho más ambicioso que consiste en lograr las dos cosas al mismo tiempo, trabajar y cuidar a los hijos; ‘conciliar ambas necesidades’, como dice ella.
Aunque también es posible que yo difiera de la Ministra en el concepto de lo que significa ‘cuidar a los hijos’. Sí, porque este asunto acaba siempre en un debate sobre el postnatal, o en una enumeración de las ventajas del apego y de la leche materna. En fin, cosas que para mí son menores, quizá porque nunca me gustó la leche o porque no quisiera que me asociaran con una vaca.
La cosa es que un postnatal más largo no resolvería mi conflicto. La semana pasada mi hijo de tres años se metió en la secadora de ropa, y unos días después intentaba encerrarse en el refrigerador. En fin, no me imagino cómo podría cuidarlo a control remoto porque los niños no tienen, como uno quisiera a veces, un botón donde ponerlos en off.
Pero no se trata sólo de su integridad física. Pienso en todas las cosas que les exijo y en las que les prohíbo y no me los imagino cumpliéndolas por el sólo hecho de que yo lo dije. Es cosa de ver la evasión en el Transantiago para saber que no se puede uno confiar demasiado.
Chora la Ministra, en todo caso, porque atreverse a postular la posibilidad de hacer las dos cosas al mismo tiempo, sin que nadie pague el pato… es como desafiar el principio de no contradicción, y eso sí que es audaz. Es verdad que las mujeres tenemos un talento especial para hacer más de una cosa a la vez. Yo me maquillo, fumo y hablo por celular mientras manejo, pero mi auto lo ha resentido, y más de alguno me ha preguntado si se trata de un modelo exclusivo. En fin, yo siempre creí que no había que exagerar en eso de hacer muchas cosas al mismo tiempo.
Tampoco pienso que la flexibilidad laboral pueda resolver el dilema; porque para cuidar a mis hijos yo necesito por lo menos medio día y la experiencia indica que eso tiene sus costos en lo que se refiere a éxitos profesionales. Ahora, si me dan a elegir, prefiero el primer lugar en el corazón de mis hijos que en el de una empresa, pero eso es cuestión de gusto nomás.
Lo de la media jornada me acomoda también por una cuestión de imagen, porque decir que mi familia es lo primero y después pasarme tres cuartas partes del día preocupada de otra cosa. No sé, creo que se vería mermada mi credibilidad, y a juzgar por los últimos estudios referidos a marcas, ése es un patrimonio potente.
Hay cosas accesorias que probablemente también afectaron mi decisión de subordinar el trabajo. Por de pronto, que no encontré ninguna nana que quisiera hacerse cargo del cacho, y eso que para no espantarlas les dije que tenía dos niños, asumiendo que los seis restantes, que tienen entre 6 y 13 años eran no sé qué (púberes, adolescentes, en fin, cualquier cosa que justificara mi pequeña imprecisión). Segundo, porque me dio un poco de inseguridad apostar tanto a mi favor. No es que dudara de mis méritos, pero ya me veía a los 70 en un senior suites, sin premios y sin la compañía mis hijos.
Es verdad también que para mí es fácil, porque el Negro me subsidia; pero también es cierto que si el Estado va a subsidiar o a garantizar algo mediante alguna política pública, que sea pensando en lo mejor para todos, y tengo mis razones para creer que delegar el cuidado de los hijos no es de ninguna manera lo mejor para nadie, porque como decía Napoleón, “el porvenir de un hijo es siempre obra de su madre”. Además, uno no puede tener hijos si después va a andar lamentándose como si la maternidad fuera un karma o una maldición de la naturaleza.
Chora la Ministra, pero que diga cómo se resuelve el dilema; porque la solución de participar en foros cibernéticos para controlar la culpa no me parece suficiente.
No puedo negar que a veces he pensado: ‘Qué desperdicio, yo cambiando pañales cuando podría estar de candidata al Nobel, o por lo menos al Premio Nacional de Humanidades’; pero llegaba siempre a la misma conclusión: es el costo de ser un animal sofisticado, porque mientras mi perra deja a sus críos enrielados a los pocos meses de haber nacido, yo llevo años de años sin conseguir que ninguno de los míos supere el nivel del subdesarrollo.
Quizá con esto de la era digital este gobierno consiga lo que yo- con mi materialismo simplón- veo como imposible: trabajar y cuidar a los hijos, ser y no ser, estar sin estar. Mala cosa esto de que mi edad fértil haya coincidido con los gobiernos de la Concertación, porque otro gallo habría cantado si la Ministra hubiera tomado antes las riendas del asunto. Capaz que ahora con mis 8 hijos sería Vocera o Intendenta.
Sí, porque hasta hoy la encrucijada no tenía salida para mi; o cuidaba a mis hijos (con el costo de perderme todos los premios a que hacía mención); o delegaba ese cuidado en alguien que no fuera yo; pero la Ministra no propone esto- que es una obviedad- sino algo mucho más ambicioso que consiste en lograr las dos cosas al mismo tiempo, trabajar y cuidar a los hijos; ‘conciliar ambas necesidades’, como dice ella.
Aunque también es posible que yo difiera de la Ministra en el concepto de lo que significa ‘cuidar a los hijos’. Sí, porque este asunto acaba siempre en un debate sobre el postnatal, o en una enumeración de las ventajas del apego y de la leche materna. En fin, cosas que para mí son menores, quizá porque nunca me gustó la leche o porque no quisiera que me asociaran con una vaca.
La cosa es que un postnatal más largo no resolvería mi conflicto. La semana pasada mi hijo de tres años se metió en la secadora de ropa, y unos días después intentaba encerrarse en el refrigerador. En fin, no me imagino cómo podría cuidarlo a control remoto porque los niños no tienen, como uno quisiera a veces, un botón donde ponerlos en off.
Pero no se trata sólo de su integridad física. Pienso en todas las cosas que les exijo y en las que les prohíbo y no me los imagino cumpliéndolas por el sólo hecho de que yo lo dije. Es cosa de ver la evasión en el Transantiago para saber que no se puede uno confiar demasiado.
Chora la Ministra, en todo caso, porque atreverse a postular la posibilidad de hacer las dos cosas al mismo tiempo, sin que nadie pague el pato… es como desafiar el principio de no contradicción, y eso sí que es audaz. Es verdad que las mujeres tenemos un talento especial para hacer más de una cosa a la vez. Yo me maquillo, fumo y hablo por celular mientras manejo, pero mi auto lo ha resentido, y más de alguno me ha preguntado si se trata de un modelo exclusivo. En fin, yo siempre creí que no había que exagerar en eso de hacer muchas cosas al mismo tiempo.
Tampoco pienso que la flexibilidad laboral pueda resolver el dilema; porque para cuidar a mis hijos yo necesito por lo menos medio día y la experiencia indica que eso tiene sus costos en lo que se refiere a éxitos profesionales. Ahora, si me dan a elegir, prefiero el primer lugar en el corazón de mis hijos que en el de una empresa, pero eso es cuestión de gusto nomás.
Lo de la media jornada me acomoda también por una cuestión de imagen, porque decir que mi familia es lo primero y después pasarme tres cuartas partes del día preocupada de otra cosa. No sé, creo que se vería mermada mi credibilidad, y a juzgar por los últimos estudios referidos a marcas, ése es un patrimonio potente.
Hay cosas accesorias que probablemente también afectaron mi decisión de subordinar el trabajo. Por de pronto, que no encontré ninguna nana que quisiera hacerse cargo del cacho, y eso que para no espantarlas les dije que tenía dos niños, asumiendo que los seis restantes, que tienen entre 6 y 13 años eran no sé qué (púberes, adolescentes, en fin, cualquier cosa que justificara mi pequeña imprecisión). Segundo, porque me dio un poco de inseguridad apostar tanto a mi favor. No es que dudara de mis méritos, pero ya me veía a los 70 en un senior suites, sin premios y sin la compañía mis hijos.
Es verdad también que para mí es fácil, porque el Negro me subsidia; pero también es cierto que si el Estado va a subsidiar o a garantizar algo mediante alguna política pública, que sea pensando en lo mejor para todos, y tengo mis razones para creer que delegar el cuidado de los hijos no es de ninguna manera lo mejor para nadie, porque como decía Napoleón, “el porvenir de un hijo es siempre obra de su madre”. Además, uno no puede tener hijos si después va a andar lamentándose como si la maternidad fuera un karma o una maldición de la naturaleza.
Chora la Ministra, pero que diga cómo se resuelve el dilema; porque la solución de participar en foros cibernéticos para controlar la culpa no me parece suficiente.
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